Texto en el que se basó la intervención de Isabel Pulido en el acto académico

(Quiero manifestar el reconocimiento del buen hacer, y del trabajo impecable, bajo un orden matemático, del maestro de ceremonias, nuestro querido Corcobado, sin cuya dedicación, entrega y entusiasmo esto no hubiera podido ver la luz. El discurso se modifica si en el uso de la palabra preceden y suceden voces tan especiales como las de esta mesa. Es un privilegio y una sensación inédita poder estar aquí juntos y ojalá encontremos fórmulas para inmortalizar estos momentos. Os dedico a todos estas pequeñas confesiones y espero expresar algo en lo que os sintáis reconocidos)

Caros maestros: acudo a saldar con este ramo de pocas y sencillas palabras la deuda con vosotros contraída por las muchas y ricas que me disteis.

No sé si lo que voy a decir recoge el sentir de uno de vosotros, de ciento, o de todos, tampoco si estas razones, avecindadas en el corazón, levantarán la nostalgia de un discurso cerebral y hermético del que me siento muy distante, por eso pido que me asistáis si en el uso del plural me equivoco o tropiezo.

De todas las acepciones que recoge la Real Academia de la palabra “memoria”, la que más me interesa traer a colación hoy es la décimoprimera: “Libro, cuaderno o papel en que se apunta una cosa para tenerla presente; como para escribir una historia” porque, entre las brumas del recuerdo, perviven atesorados apuntes y esbozos que nos hacen re-escribir esa historia de nuestras vidas, que hoy tiene forma de fábula. No en vano ahora, aquí, nos hace cómplices la memoria de un período adolescente que, a lo largo de estos años, ha ido cobrando autenticidad porque las cosas en el recuerdo se estiman y embellecen.
Dejadme que traiga aquí unos versos de Carlos Barral:

Probar
a imaginarme tiempo atrás,
cruzar ahora
adulto por la escena del recuerdo,
y añadir
el grueso de la tierra
que se ha incrustado en nuestra piel
blanca de aquellos años.
(“Discurso”)

Este recinto, que entrañablemente llamamos “la Laboral”, supuso durante algunos años un bullidero de vivencias para receptáculos flamantes, almas puras que dejaban tras de sí un pueblo y una infancia más o menos afortunada. Tras las paredes, en las aulas, en la biblioteca o salas de estudio, en este salón de actos, en la residencia o en los jardines, esa energía juvenil iniciaría un fecundo camino de inquietudes y despertaría a una realidad de voces ocultas, ávida de signos y de cantos. Este universo y sus rotaciones, encerraba una de las claves que hacían de él un sistema más que aceptable, y a mi modo de ver modélico, de vida comunitaria y educativa: un cuadro de enseñanzas y de saberes en manos de docentes apegados al amor por la letra impresa, que nos transmitieron el respeto por la tradición, los estudios humanísticos y la ciencia. Permitidme hoy, aunque de capa caída en todos los foros, ateneos y academias, sacudir de acartonamientos y prejuicios obsoletos, la imagen de la vocación como “inclinación y afecto al saber”, que, a modo de romance amoroso, tuvo aquí los primeros escarceos. Y digo bien, porque a raíz de determinados magisterios en filosofía, matemáticas, latín literatura o enfermería salimos de este puerto, encendidos paladines de la ilusión, con nuestras naves ulíseas a buscar otros cantos de sirenas.

Todo lo que después sucediera en nuestro acaecer, ha estado determinado por estas semillas primeras que algún día fecundaron, caducas ya las lindes de aquel tiempo, tras aprender, y “comprender”, la relación necesaria del esfuerzo y el sacrificio con el precio del provecho. Si durante las distintas formaciones, carreras universitarias o dedicaciones cotidianas tuvimos disciplina en los estudios, si amamos los libros y la lectura, si nos inclinamos con pasión a la música, al deporte, a las ciencias, si caímos en los brazos locos de la poesía o de la investigación, si, además, lo afrontamos todo con pasión y rigor crítico y nos autocomplacimos del trabajo bien hecho, es de justicia el reconocimiento y la admiración de quienes, moviendo la compleja y diversa maquinaria de esta casa movían, acaso sin saberlo, los hilos de una Edad Dorada.

Queridos profesores, maestros: si, como Alonso Quijano el Bueno, en su curso proceloso estas aguas han sufrido los avatares de un mar embravecido, no se arredraron ante los infortunios de un destino episódico e itinerante, pues siguieron el consejo profético del poeta : “Nunca te entregues ni te apartes/junto al camino nunca digas/no puedo más y aquí me quedo” (A. Goytisolo), a pesar de las piedras y el barro de ese camino azaroso. La razón se abre paso entre surcos hondos, donde esparcimos el principio de la superación y el empeño que siempre ha tirado de nosotros con la fuerza de un vendaval extraviado.

En aquella primavera de la edad, otra fuerza, no menos viva y enérgica, crecía y se ramificaba como una estampida de risas en un bosque oscuro. Aquellas con las que fue forzoso compartir cama y comida saben que estoy hablando de la amistad, y que no me equivoco si digo que aquella amistad nos dio la medida de las otras amistades posteriores. Conocimos todas sus irradiaciones aledañas: compartir, intercambiar, crear, infundir aliento, cuyo tentacular alcance, como hemos puesto de manifiesto durante estos días, ahora se renueva y fortalece. En aquel transcurrir amistoso -repleto de anécdotas y curiosidades de corte novelesco-, no cabía separar las inquietudes profundas del ocio, ni apartar la expresión de las artes y el deporte del esparcimiento: nos divertía cantar, hacer atletismo, periodismo, ensayar obras de teatro, escribir semblanzas de músicos o escritores, ¡¡y sólo las paredes saben con cuánta pasión y entusiasmo descubríamos que esos acicates, desconocidos hasta entonces, tenían el olor de la felicidad!! Mucho después, con el paso lento de los años y la distancia, hemos sabido lo inmensamente afortunadas que fuimos.

No me resisto a hacer un elogio de la enseñanza que recibimos aquí –tanto en sus contenidos como en su proceder didáctico -aunque es verdad que el tiempo ha puesto su pizca de romanticismo-, pues aquella concepción tenía mucho más que ver con un sistema docente humanista, en un sentido amplio, de lo que actualmente circula por las aulas; ni tampoco me sustraigo a la reprobación del sistema que hoy menoscaba el noble oficio del “docente” y nos confina, en ocasiones indignamente, a ser monitores o animadores en la doble vertiente de los saberes y de la disciplina. Frecuentemente sucede que al abrir un aula entre gritos infernales, al intentar poner silencio, inutilmente, en una clase para explicar un tema bajo miradas indolentes y apáticas, o al acabar una mañana agotadora, me vengan a las mientes imágenes de aquellos espíritus emprendedores que fuimos, ávidos de conocimientos y de imaginación. Sólo, en algunos raros y ocasionales momentos, cuando un texto o un poema abren los ojos fijos de algunos alumnos, como invadidos por un extraño magnetismo, veo ahí, reflejadas fugazmente en el brillo de sus miradas, a aquellas niñas que querían beberse, de un sorbo, todas las canciones y todas las flores del mundo. Es fácil intuir sin mucho margen de error, -y perdonad el pesimismo-, que será difícil tener de nuestros alumnos muestras de un reconocimiento tan sincero y emotivo como el de este día, pues la relación estrecha de respeto y admiración por la figura del profesor, lamentablemente, ha desaparecido a favor de una molicie reinante.

De ahí que nosotros estuviéramos en el momento y en el espacio oportunos, en las circunstancias más óptimas de este centro “a cuyas ubres fuimos amamantados”. Traíamos la luz pero aquí nos disteis los ojos y después, nosotros solos, encontramos las gafas con las que leímos todas las indicaciones del camino, algunas tan ciertas como esta de Francisco Brines:

Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo contiene su deseo.

Aunque la nostalgia del tiempo ido merecería otras tantas páginas, en estos últimos días un sentimiento antiguo de caras y de nombres ha buscado la salida con una fuerza huracanada. De la adormidera de dieciocho, veinte o treinta años han despertado, de pronto, sueños y palabras en cadena que aguardaban, “como la corza herida”, el momento exacto de su simbología. Y el verbo se hizo corazón y echó raíces.

Y aquí estamos, al cabo de los años, relatores incansables de una historia en otras historias, contadores de vidas ajenas que han transitado la nuestra, injertando episodios que de nuevo se cruzan, empezando otro cuento sobre el tiempo y los espejos, cuya única frase diga: “Hoy hemos encontrado nuestros objetos perdidos”.

Con el deseo del eterno viaje a la Ítaca del pasado, dejo, para que amanezcan, estas palabras en la orilla:

Mi propia profecía es mi memoria:
mi esperanza de ser lo que ya he sido.
(Caballero Bonald)

Isabel Pulido Rosa
-Iniciado el solsticio de verano-